viernes, 4 de mayo de 2012

Crítica: "Rostros", de J.Cassavetes (1968)






"Eres encantadora, 
pero hablas demasiado"



El cine independiente norteamericano no ha sido siempre como en la actualidad (con Sundance o Tarantino) y, para remontarse a los orígenes de este tipo de obras, es preciso detenerse en la figura de John Cassavetes. 
A principios de los 50, las producciones de los magnates de los estudios de Hollywood, basadas en el sistema de estudios, hubieron de enfrentarse – fuera de los Tribunales – a un nuevo pero no menos importante rival: la televisión. El alcance y la cercanía de ésta alejaban de los espectadores el mundo de colores pastel de los films y llamaron la atención de algunos jóvenes decididos a crear una alternativa a las grandes superproducciones. Esta alternativa no sólo se refería a un método diferente de rodaje, sino que también proponía nuevas formas de difusión y realización, alejadas de los multimillonarios presupuestos y campañas publicitarias que caracterizaban al cine hollywoodiense. Además del impacto televisivo, la influencia de creadores extranjeros – principalmente del Neorrealismo italiano – marcó las pautas de lo que se conoce como “cine independiente” norteamericano. Los films de este tipo de directores noveles eran autofinanciados, de lo que se derivaban campañas publicitarias modestas y un reparto repleto de caras nuevas. La influencia italiana, así como la televisión, hicieron que la estética y los temas de interés de este tipo de cine también fueran muy diferentes del glamouroso universo de Hollywood, prefiriendo antes la cotidianidad y la fugacidad del instante a los grandes montajes.
En Rostros, John Cassavetes presenta todas las características de este cine independiente original: la cámara no deja de moverse, acercándose y alejándose de los actores, recurriendo a menudo al primer plano para acercar al máximo el estado del personaje al espectador. Y es que lo principal en este film son las personas. Personas reales, cotidianas, con su bondad y su maldad; lejos de los prototipos planos de Hollywood que rápidamente señalan a un bueno y a un malo. Tanto la cámara como el argumento de las escenas pretenden captar a individuos en un momento determinado de sus vidas, en medio de la cotidianidad. Y esto es así desde la primera imagen del film, en la que de repente se ve a un hombre descendiendo apresuradamente unas escaleras, sin saber de dónde viene ni a dónde va, pero al que no se puede dejar de mirar. A menudo – como en la realidad – lo común, expuesto de forma audiovisual, resulta vulgar o incluso irritante para el que mira (baste remitirse a las risas estridentes y continuas que salpican el film), como si se tratara de aquel video casero que cualquiera puede tener en el que se suceden las imágenes que intercalan personas y lugares y que, pese a mirarlas, a la vez deseamos que pasen lo antes posible.
Al mismo tiempo, junto a la búsqueda incesante de lo cotidiano, Rostros presenta algunos aspectos que podrían encajar en algunas iconografías de carácter más tradicional. De entre los cuatro protagonistas (si es que pueden llamarse así), los jóvenes son rubios (Jeannie, Billy), mientras que los maduros tienen cabello oscuro (Maria, Richard). Ambas parejas representan la antítesis que media entre juventud y madurez, un abismo semejante al que hay entre infancia y adolescencia, con la importante diferencia de que, con la edad, se es más consciente del cambio y, quizás por ello, se siente más. Precisamente en esta crisis generacional se hallaba inmerso Cassavetes cuando realizó este film, luchando por huir de la rutina a la que la vida de un ciudadano normal le abocaba al borde de los cuarenta años de edad, la misma rutina que los personajes del film intentan combatir con divertimentos tales como el alcohol, los bares o la infidelidad. Todos estos elementos dibujan además la realidad del momento, los años 60 en Estados Unidos, en plena época de la liberación sexual, no del todo asumida por la mayor parte de la población masculina, cuya reacción vacila entre la pasividad y la violencia (como de hecho se puede comprobar, por ejemplo, en algunos comentarios de Richard hacia su esposa, Maria). Es por esto que un mismo hecho – la infidelidad – se representa de forma diferente según el sexo. De esto modo, aunque es el hombre quien recurre a ello primero, no muestra en ningún momento sentimiento de culpabilidad, antes bien lo contrario. Sin embargo, todas las esposas que se ven tentadas por el joven seductor, acaban arrepintiéndose de una forma u otra, recordando a su marido y su familia, culpabilizándose de permitirse un desliz como aquél. Es así como Cassavetes retrata la doble moral norteamericana de los 60, a la vez prohibitiva y defensora de la libertad (libertad que se observa en las escenas del club, donde los jóvenes y las jóvenes bailan sin mostrar ninguna preocupación). En contraposición a ese mundo juvenil, además, aparece el tema de mayor interés para el hombre maduro medio de la sociedad del momento: los negocios.
El afán por ser respetado y halagado es mostrado hasta la saciedad en cada uno de los personajes masculinos del film, que recurren a su pasado glorioso (¿la juventud?) y al ámbito de los negocios para demostrar su valía frente a otros.
La crudeza con la que Cassavetes muestra estas escenas, apoyándose en la captación de lo cotidiano comentado anteriormente, hace de ellos sin embargo unos seres tristes, desagradables a ratos y, sobre todo, paradójicos. La obsesión enérgica por la apariencia a nivel social de ellos se contrapone nuevamente a un aspecto femenino, el de la pasividad que todo lo traga hasta vomitar en el suelo de la cocina. Y la distancia entre unos y otros se hace grande a pesar de parecer cada vez más próxima, como los que están en diferentes peldaños de una inmensa escalera.



Marta Chamorro Velázquez

miércoles, 2 de mayo de 2012

Cicle de maig de l'Aula de Cinema de la URV

Aquest mes de maig ens aproparem a la Xina amb el cinema de Zhang Yimou.

Zhang Yimou, nació en 1951 en Xiam (China), director que formaba parte de la quinta generación que se formó en la Academia de Cine de Pekín en 1982, cierra una primera etapa de dramas rurales que tiene su epílogo con Ni uno menos (1999), que ganó el León de Oro en el Festival de Venecia. En el siglo XXI inicio una nueva etapa de filmes de artes marciales con su nueva actriz fetiche Zhang Ziyi en títulos como Hero (2002), candidato al Oscar como mejor película de habla no inglesa, y La casa de las dagas voladoras (2004). En 2008 fue el encargado de la dirección de la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Pekín.


Cicle: "Visions cinematogràfiques de la Xina: Zhang Yimou":
- Dia 8/5/2012 "Ni uno menos" (1999), 125' Zhang Yimou (VOSE)
- Dia 10/5/2012 "Hero" (2002), 106' Zhang Yimou (VOSE)
- Dia 15/5/2012 "La casa de las dagas voladoras" (2004), 99' Zhang Yimou  (VOSE)
- Dia 17/5/2012 "La maldición de la flor dorada" (2006), 109' Zhang Yimou (VOSE)

Com sempre, us hi esperem a les 19h. a la'Aula 301 del Campus Catalunya!

martes, 1 de mayo de 2012

1ªSesión "Actualidad":THE ARTIST, Michel Hazanavicius (2011)




 "¿Por qué no quieres hablar?"



The Artist, es el primero de los films analizados en el Club de Cine de la URV. Representa la quinta obra cinematográfica de Michel Hazanavicius, un director de corta pero meteórica trayectoria en tierras francesas. Comenzaría con títulos como Mes Amis en 1999, pero su éxito llegaría con el film cómico OSS 117: El Cairo nido de Espías y su respectiva secuela. Este año se espera el estreno de su colaboración en el nuevo film Les Infidels, de nuevo protagonizado por su actor fetiche: Jean Dujardin, visto ya en The Artist, film con el que definitivamente ha ganado el reconocimiento internacional. La lluvia de galardones que ha rodeado este film recoge una generosa lista de 18 festivales diferentes: desde el festival de Sevilla hasta los Bafta, Cannes o los Oscar. Parece ser que la historia melodramática de George Valentin, en blanco y negro, casi sin sonido, ha convencido a los críticos. Pero, ¿es el film tan bueno como afirman? ¿Es fiel a la historia del cine? ¿Hasta qué punto es fiel a la estética de la década de los 20? ¿Hasta qué punto hace concesiones para que nos agrade? ¿A qué otros films de la historia del cine podemos compararlo?

Muchos son los aspectos que debemos analizar para apreciar de mejor modo el film de Hazanavicius. Los puntos fuertes los podemos analizar desde el punto de vista del mensaje, de la estética, la elaboración de los personajes y cómo éstos están interpretados, la música o el diseño de vestuario… Por otra parte también debe reconocer que el film no destaca por su originalidad ya que comparándolo a toda la lista de films que tratan el tema del cine (entre ellos Cinema Paradiso, Cantando bajo la lluvia, ...) no llega a destacar por encima del resto ni respeta protocolariamente el periodo reproducido. ¿Se convertirá The Artist en una flor pasajera de verano? Analicemos en detalle estas cuestiones.


Uno de los aspectos atractivos del film es el mensaje que transmite y, a la vez, las diferentes posibilidades para el tema principal, que podría ser la necesidad de renovarse junto con la evolución del mundo y no quedarse atrás, la incomunicación, el amor incondicional por una persona… Por sorprendente que parezca Michel Hazanavicius jamás ha afirmado en la entrevistas  que su film no posea un tema complejo en particular, sino que únicamente pretende “explicar una historia”. Lo cierto es que vistos los momentos actuales de crisis y cambio que vive no únicamente la sociedad, sino también el cine, extraña que un director de semejante detallismo sólo pretenda explicar una historia. Salta a la vista que Hazanavicius hace un homenaje nostálgico al cine mudo clásico en plena época de cambio cinematográfico, quién sabe, incluso con vistas al 3D. Al igual que a finales de los 20, actualmente se está efectuando un cambio dudoso en el mundo del cine a un nuevo formato tecnológico cuyo éxito todavía es incierto. El 3D, que fue inventado hace unas décadas, parece estar convirtiéndose en una posible salvación de las salas de cine que cada vez cuenta con más directores favorables. De igual modo a finales de los 20, se dio el cambio hacia el cine sonoro, no apoyado por todos los directores, como en la actualidad.  ¿Es la posición de Hazanavicius “un farol”?
Siguiendo en la línea de estas preguntas surge la cuestión de si se hace un homenaje fiel al cine mudo. ¿Podemos designar como film mudo The Artist? El nombre del personaje principal, George Valentin,  claramente responde a un homenaje a uno e los actores más conocidos del cine mudo: Rodolfo Valentino. También aparecen imágenes de archivo de Douglas Fairbanks en dos ocasiones, personaje al que se emula cuando Valentin actúa en sus films. En definitiva se nos muestran imágenes y música, pero si tenemos en cuenta que  se llamó “sonoro” al film El Cantor de Jazz cuando éste sólo tenía sonido en una tercera parte del metraje, aparecen las dudas. Lo característico de los films de cine mudo es la falta de banda de sonido en la película, y este film carece de dicha característica en definitiva. Se concluye entonces fácilmente que, dadas las razones anteriores, no podemos designar plena y técnicamente a The Artist como un film mudo, sin que esto sea algo negativo de cara a la valoración del film. Tenemos que denominarlo un film no hablado.

Teniendo esto presente, ¿es el film entonces fiel al 1927 en el que se desarrolla la historia? Para empezar debe admitirse que la música utilizada no hace referencia completa al contexto real, ya que partes de la banda sonora hacen referencia a la música de Vértigo, de Hitchcock, un film 30 años posterior; por otra parte, para reproducir fielmente los sucesos no es necesario el blanco y negro, con lo que se llega a la conclusión de que esta elección entra más en el campo de la complicidad con las ideas preconcebidas del espectador medio. 


Queda claro que The Artist intenta hacer una reconstrucción del cine de la década de los 20 desde la perspectiva actual e idealista del director. Los films mudos de la década de los 20 chocarían de frente con los gustos visuales y cinematográficos del espectador actual. El cine mudo debería salvar un abismo de casi un siglo para fascinar al espectador en el modo en el que fascinó a principios de siglo. Siendo consciente de ello Hazanavicius nos ofrece una versión adaptada, idealista, en blanco y negro. Un acierto por otra parte, porque consigue transmitir la ilusión mencionada al espectador actual, algo que seguramente no se hubiera dado de ser fiel al cien por cien a los films mudos de los años 20. Vemos así una de tantas concesiones que se hacen en el cine actual para llegar al espectador, cuando lo que prima en el film es transmitir sentimientos e impresiones por encima de la reproducción fiel: algo por otra parte legítimo.
En definitiva podemos afirmar que, independientemente de la reacción de agrado o desagrado producida, The Artist es un film idealista que incita a la discusión cinematográfica. El film consigue hacer un digno homenaje al cine mudo, demostrando que la estética clásica que caracterizó a aquellas producciones no sólo no llega a pasar de moda, sino que además  tiene la capacidad de atraer al espectador actual y salir con sobresaliente al examen de la crítica.


    Ester Torrents Iglesias

lunes, 16 de abril de 2012

Crítica: "Faraón", de J.Kawalerowicz (1966)

 
"La sabiduría del gobierno es un secreto sacerdotal. 
Solamente los que estamos dedicados a los dioses la poseemos".
 



En el año 1966, Jerzy Kawalerowicz, un director de cine de origen polaco, realizó uno de los films más representativos de los movimientos de renovación cinematográfica en los Países del Este: Faraón.
La obra, una adaptación de la novela homónima de Boleslaw Prus (1897), está ambientada en el Antiguo Egipto y se centra en las luchas de poder entre el faraón y la casta sacerdotal en el marco de la guerra egipcio-asiria que se desarrolló durante la XIX dinastía del Imperio Egipcio. Sin embargo, y a pesar de los numerosos anacronismos históricos en los que cae el director por influencia de la novela decimonónica de la que parte, el film permite una interesante reflexión sobre temas como la religión, la guerra, el antisemitismo, la economía, el poder o la lucha de clases sociales que, a pesar de estar ambientados en la Antigüedad, son extrapolables a los siglos XIX (cuando se escribió la novela) y XX (cuando se llevó al cine), confluyendo así pues en él, tres períodos históricos. De este modo, el director usa el pasado para explicar y criticar su presente. En primer lugar, esta crítica se dirige contra unas luchas de poder que versan en dos direcciones, a saber, el enfrentamiento entre Asiria y Egipto por el control de Palestina y las disputas por el poder que se dan a nivel interno egipcio, ya sea mediante el enfrentamiento entre el faraón y la casta sacerdotal o la lucha entre los opresores y los oprimidos, es decir, entre las clases dirigentes –faraón y sacerdotes– y el pueblo. En lo referente a las disputas internas entre el faraón y los sacerdotes, la diferencia principal entre Ramsés XIII y éstos estriba en que mientras el primero desea mejorar las condiciones de sus súbditos, los segundos prefieren mantener el status quo existente, controlando el Tesoro de Egipto y subyugando al pueblo. Ello se observa muy bien en la primera secuencia del film, donde aparecen dos escarabajos peleándose por una bola de estiércol. Una lectura más profunda permitiría darse cuenta de que el faraón, descontento con un sistema en el que el poder de los sacerdotes lo impregna todo y se impone al poder civil –incluso tienen capacidad para acordar tratados con otras naciones– decide rebelarse ante esa situación y, en consecuencia, contra la obra de sus antepasados que, según él, muy desafortunadamente “sustituyeron la espada por el incensario”. Naturalmente, la actitud adoptada por el joven faraón que acaba de llegar al poder es la de una absoluta prevención para con la influencia que los sacerdotes han ido acumulando a lo largo del tiempo y que, paulatinamente, ha ido restando capacidad de autogobierno a los faraones. Pero Ramsés, para intentar poner fin a esta situación, cuenta con algo de lo que carecen los sacerdotes, esto es, la juventud, que le permite tener un espíritu luchador y la valentía suficiente para plantar cara al orden que la casta sacerdotal se ha encargado de establecer. Por su parte, y para justificarse ante las tentativas del faraón, Herihor –el sumo sacerdote de Amón– le responde alegando que “La sabiduría del gobierno es un secreto sacerdotal. Solamente los que estamos dedicados a los dioses la poseemos”, con lo que se asiste a una dicotomía entre el poder fáctico del gobernante (potestad) y el poder espiritual de los servidores de los dioses (autoridad). Desde la perspectiva del siglo XX, este planteamiento puede leerse como una crítica a la influencia de la religión y, en consecuencia, al yugo de la Iglesia. Pero si buscamos establecer equivalencias más concretas entre los personajes del film y la realidad de su director, podríamos considerar que el faraón –joven y con ganas de cambiar el sistema– representaría al presidente de Polonia, Wieslaw Gomulka, mientras que los sacerdotes –inmersos en la estructura de Estado– serían la imagen de la casta burocrática (Politburo del Partido Comunista) y, entre ambos se mantendría una lucha feroz por el control del pueblo, que en el siglo XX seguiría en las mismas condiciones que en la Antigüedad, es decir, oprimido y subyugado por los poderosos. Además de esto, las luchas internas de un país tienden, por regla general, a debilitarlo ante los ojos de otras naciones. En Faraón, estas luchas internas contribuyen a agravar la contienda entre Egipto y Asiria por el control de Palestina, al que Fenicia no es para nada ajeno al intentar sacar partido económico, proporcionándoles apoyo logístico y monetario si la ocasión lo requiere. Sin embargo, la lectura de estas cuatro naciones es algo más compleja si tenemos en cuenta que configuran una alegoría de cuatro realidades distintas. Extrapolando este planteamiento a la época de Kawalerowicz podemos deducir que Asiria –que desea controlar Palestina– sería una alegoría de la Rusia que pretende controlar Polonia. Asimismo, el Imperio Egipcio representaría al gran enemigo de Rusia, esto es, Estados Unidos, con el que se encontraba por aquel entonces sumergido en una “Guerra Fría”. Por su parte, Fenicia representaría al capitalismo, a los banqueros sin escrúpulos que se aprovechan de cualquier situación para obtener beneficios. Paralelamente, si realizamos una lectura desde la perspectiva del siglo XIX, la situación no sería muy diferente; Palestina (Polonia) seguiría siendo el objeto de disputa entre Asiria (Rusia) y Egipto, si bien éste último representaría a aquella región que junto a Rusia pretendía controlar Polonia, esto es, Alemania. Para comprender este entramado tan complejo hay que tener en cuenta que la novela de Prus fue escrita en el contexto de máximo auge de los nacionalismos, algo que aprovechó Kawalerowicz en Faraón para explicar que ya en el siglo XIX el territorio polaco se encontraba repartido entre dos potencias y que la situación no sería muy diferente en el siglo siguiente. Con esto, rompe una lanza a favor del nacionalismo polaco y critica la dificultad de desarrollar una identidad propia en un país dominado por otras naciones. El presidente Gomulka se había visto inmerso en un período de revueltas en Polonia para cambiar la situación de dependencia del país hacia Rusia o, más concretamente, hacia la ideología estalinista. De hecho, hacia la década de los 60, en la mayoría de los países del este de Europa se produjeron movimientos similares de crítica a los excesos del estalinismo en pro de un alejamiento de las directrices soviéticas y la creación de un comunismo propio en cada país. En el film de Kawalerowicz, esta crítica al estalinismo se realiza a través de Asiria, en tanto que país que intenta controlar y extender su poder hacia otras regiones. Pero Ramsés XIII no está dispuesto a aceptarlo y, si la situación lo requiere, es capaz de enfrentarse a uno de los pilares más anquilosados del Estado para llevar a cabo sus objetivos: el brazo religioso, de un modo similar al que Gomulka se aleja del estalinismo más recalcitrante para reformar el sistema e iniciar una nueva etapa en su país. Con esto, el director muestra un cierto espíritu esperanzador al plantear que, gracias a los jóvenes, es posible una renovación del comunismo.
Así pues, y teniendo en cuenta los aspectos hasta ahora comentados, podemos considerar Faraón como un interesante film histórico que, a pesar de los numerosos anacronismos, constituye una de las mejores representaciones cinematográficas de Egipto, especialmente en lo referente al cuidado estético. Sin embargo, a nivel ideológico, presenta una diferencia importante respecto a otros movimientos de renovación cinematográfica coetáneos, a saber, puede considerárselo más conservador que el resto al significar una crítica más fuerte al estalinismo que, por ejemplo, la que realizaron otros directores del momento. De hecho, en los países del este de Europa, se produjo durante la década de los 60 una notable efervescencia cultural y cinematográfica, si bien este fenómeno no se dio con igual intensidad en todas las regiones. A pesar de sus diferencias, todos compartieron un espíritu crítico hacia el estalinismo que, en mayor o menor medida, se reflejó en su cinematografía. En el caso de Faraón, Kawalerowicz lo logró con grandes dosis de ingenio que permitieron numerosas lecturas del film y, en consecuencia, sortear con mayor fortuna la censura y otras trabas burocráticas. 


Aida Marín Yrigaray


miércoles, 11 de abril de 2012

Crítica: "El Gatopardo", de L.Visconti (1963)




 "Si queremos que todo siga igual, 
es necesario que todo cambie"





Para aproximarse a la obra de Luchino Visconti El gatopardo, es preciso observar el panorama en el que se gestó este film. La Italia de los años 50 vivió un periodo lleno de cambios, tanto a nivel social y político como cultural. Las ayudas del Plan Marshall reactivaron la economía del país tras una dura posguerra; pero, a la vez, se incrementó la creciente influencia de los EEUU sobre la sociedad y la cultura italianas. A nivel político, aparecen confrontadas las posturas del peso católico del Vaticano y la importancia – a nivel internacional – del Partido Comunista italiano, que a su vez sufría el desengaño del régimen Stalinista y propulsaba una nueva vía, la del Eurocomunismo. Visconti, perteneciente a la nobleza italiana, mostró desde su juventud una ideología abiertamente marxista, que le sitúa dentro del círculo de izquierdas del país (Comunismo, Resistencia) y que le valió no pocos problemas. Esta importancia del posicionamiento político, así como las facilidades que desde el Gobierno se daban al cine estadounidense (a través del subsecretario de la presidencia del Consejo, Giulio Andreotti), hicieron que la cultura italiana se viera resentida, buscando nuevas formas de expresión que hicieron que vieran la luz en esta época multitud de manifestaciones artísticas y cinematográficas, que rompieron con la herencia del Neorrealismo en pos de un “Nuevo cine italiano”. Desde 1951, las obras de Visconti se inscriben en este marco, si bien el reconocimiento pleno de su valía no se produjo hasta los años 60 y 70, momento en que se estrena El gatopardo. En los 60, los trabajos experimentales de los creadores italianos dieron sus frutos y el cine nacional se sobrepuso a la embestida de Hollywood, dando lugar a diferentes tipologías cinematográficas de gran éxito (péplum, spaghetti-western, cine erótico…), algunas de las cuales fueron apoyadas desde la famosa revista Cinema Nuovo, que abogaba por un cine realista a la vez que crítico con la sociedad. Precisamente en esta última tendencia se puede incluir El gatopardo de Visconti, cuyo cuidado tratamiento de la recreación histórica en todos sus detalles (vestuario, escenarios, decoración) la sitúa en el ámbito del Realismo – huyendo, eso sí, de la naturalidad y espontaneidad tan buscadas por los directores neorrealistas); a la vez que su argumento – adaptado de la novela homónima del también noble Giuseppe Tomasi di Lampedusa – presenta elementos críticos con el pasado y el presente de Italia. Con este film, Visconti pretende explicar desde su óptica personal el presente de Italia desde su pasado, reformulando magistralmente la obra de Lampedusa. Sirviéndose de la Historia al referenciar el momento de la unificación italiana en el siglo XIX (1866-70) y centrándose en el territorio siciliano, Visconti pone de manifiesto una serie de temas que conectan aquel pasado con su presente inmediato. Esta visión se basa, obviamente, en la de Lampedusa; pero cada uno aporta una lectura diferente de un mismo acontecimiento histórico, explotando para ello a la perfección los medios expresivos que ofrece el cine. Así, a través del personaje del príncipe de Salina, el director se muestra escéptico a la vez que participativo con una problemática social existente: en el caso del príncipe, el cambio de estructura social derivado de la unificación, y en el del director, el fracaso de la revolución social que defendía el Marxismo y de la que él mismo participaba.  En el film, este aspecto se evidencia especialmente en la representación que se hace de los llamados “garibaldinos” (los defensores de la unificación italiana, seguidores del general Garibaldi). Estos revolucionarios luchan por aquello que creen que transformará la sociedad en algo más justo, poniendo de relieve el papel del pueblo y zafándose del dominio ejercido por la aristocracia. Pero a lo largo del film, se muestra cómo esos anhelos son mera palabrería, pues los sectores aristocráticos que promovieron  la unificación se apoyaron en último término en la burguesía para buscar su supervivencia como clase, ignorando una y otros las necesidades del pueblo llano y mirando por sus propios intereses que acababan sometiendo de nuevo al pueblo. Como noble que era, el director se posiciona en la esfera aristocrática, si bien se distancia de todos los estratos sociales (tanto de la nobleza y la Iglesia, como de la burguesía y el pueblo), adoptando una postura individualista en la que sin duda se vislumbra a Visconti y no a Lampedusa. Las excentricidades y la caducidad de la nobleza son atacadas en escenas como la llegada al pueblo de la familia de Salina y la ceremonia en la iglesia (cubiertos todos ellos por el polvo), o en el célebre baile final, donde se recrea en la ostentación del lujo y en las actitudes superficiales de los invitados, contraponiéndose siempre a la profundidad psicológica del príncipe y su distanciamiento de ellos (como se observa en la consternación de Fabrizio ante el cuadro de Jean-Baptiste Greuze La muerte del justo). De igual modo, la burguesía aparece caricaturizada en la figura de Calogero Sedara, ejemplo del “nuevo rico” que acaba resultando indispensable a la nobleza empobrecida para asegurarse su continuidad. La Iglesia, omnipresente en todo el film del mismo modo que lo es en la sociedad italiana, también se representa con un cierto aire caricaturesco en la figura del padre Pirrone, a la sombra siempre de la grandeza que emana el príncipe. Por otra parte, en la imagen que se muestra del pueblo también hay algo de crítica (como se observa en los diálogos entre Fabrizio y su sirviente-artista durante la caza). De este modo, el príncipe de Salina de Visconti se sitúa en una posición incierta y complicada de alguien cansado, desencantado de lo que le rodea, apoyándolo y criticándolo, rozando un escepticismo casi nihilista que se entrevé en sus propias palabras: “No debería durar, pero durará siempre, al menos varios siglos, uno o dos siglos. Y entonces todo cambiará, pero será a peor. Fuimos los gatos salvajes, los leones; los que nos sustituyan serán chacales, alimañas, y todos juntos, alimañas, chacales y gatos salvajes, continuaremos creyéndonos la sal de la tierra. […] Oh estrella, oh fiel estrella, ¿cuándo te decidirás a darme una esperanza menos efímera, lejos de todo, en tu región de perenne seguridad?”.
En El gatopardo, por tanto, aparecen las brechas de Italia (la diferencia entre el norte y el sur, que tan bien reflejada queda al situarnos en el marco siciliano) y su sociedad (con la diferencia de “clases” decimonónica y contemporánea), tendiendo un puente entre el pasado (la unificación italiana) y el presente (los años 50 y la reflexión comunista en tiempos de Stalin). Todo ello se hace a través de la culta visión del propio Visconti, que vivió esa problemática personalmente a lo largo de toda su existencia siendo italiano y de todo el mundo, noble y marxista, mujeriego y homosexual, saltando siempre de uno a otro polo de esta contradicción enorme; pero sirviéndose del arte (ya fuera musical o cinematográfico) para escapar y participar de la sociedad del momento, representándola en sus obras a la vez que se representaba a sí mismo.


Marta Chamorro Velázquez

sábado, 7 de abril de 2012

Presentación Ciclo del Aula de Cine de la URV, Tarantino





"La cámara se inventó para la acción y la violencia"




A lo largo de la Historia del Cine, siempre se han dado casos de directores que han marcado un antes y un después con sus creaciones, convirtiéndose en personajes de culto e iconos de una sociedad en un momento determinado. En los últimos años, este fenómeno se puede observar en la obra de Quentin Tarantino, director, guionista, productor y actor ocasional, al que está dedicado el ciclo del mes de abril organizado por el Aula de Cine de la URV. A través de cuatro de sus films, se hará un repaso por la carrera – breve pero intensa – de este estadounidense enamorado del cine y el morbo, que se ha convertido en un referente indiscutible del cine independiente a nivel mundial.
El estilo de Tarantino es sencillo y directo, buscando impactar al espectador, tanto a nivel visual como  argumental, por lo que sus films acostumbran a no seguir una línea definida, entremezclándose las historias y los personajes,  sumergiendo así al espectador en un mundo trepidante y violento que está inspirado en la vida y experiencia cotidiana, si bien lo corriente adquiera en sus films una entidad propia, derivada de las influencias cinematográficas que han marcado la vida de este director (los films de artes marciales, los spaghuetti-western y la serie B en general) . Pero las artes marciales, las diferencias raciales, los fetiches sexuales, la droga o el dinero, una vez pasados por las manos de Tarantino, pasan de ser elementos cotidianos a configuradores de una realidad alternativa, dominada por una violencia estética y una exageración de los elementos que conforman toda la trama.  
Los cuatro films elegidos para este ciclo van desde el comienzo de la carrera cinematográfica de Tarantino (con Reservoir dogs en 1992), pasando por la que es quizá su obra maestra  y sin duda la más famosa de su producción (Pulp fiction, de 1994) o las colaboraciones con otros directores que han salpicado su trayectoria (en este caso con el proyecto Grindhouse , junto a otro grande del cine independiente, Robert Rodriguez), hasta llegar a su último film estrenado (Malditos bastardos, 2009).
Sin duda, el Aula de Cine de la URV ofrece una magnífica oportunidad tanto para los amantes de Tarantino como para aquellos que aún no han visto nada de él. Cine actual y de calidad gratis en Tarragona, como de costumbre, a las 19h. en el aula 301:
  - Martes 10 de abril: Reservoir dogs (1992), Quentin Tarantino, 99’
  - Jueves 12 de abril: Pulp Fiction (1994), Quentin Tarantino, 157’
  - Martes 17 de abril: Death proof (2007), Quentin Tarantino, 88’
  - Jueves 19 de abril: Malditos bastardos (2009), Quentin Tarantino, 152’

Marta Chamorro

miércoles, 4 de abril de 2012

Cicle d'abril a l'Aula de Cinema de la URV


 Aqui està la programació de l'Aula de Cinema de la URV pel mes d'abril, segur que no us avorrireu!

 

Cicle: "Quentin Tarantino":
Dia 10/04  RESERVOIR DOGS (1992) Quentin Tarantino, 99'
Dia 12/04  PULP FICTION (1994) Quentin Tarantino, 157'
Dia 17/04  DEATH PROOF (2007) Quentin Tarantino, 88'
Dia 19/04  MALDITOS BASTARDOS (2009) Quentin Tarantino, 152'


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Ciclo: "Quentin Tarantino":
Dia 10/04  RESERVOIR DOGS (1992) Quentin Tarantino, 99'
Dia 12/04  PULP FICTION (1994) Quentin Tarantino, 157'
Dia 17/04  DEATH PROOF (2007) Quentin Tarantino, 88'
Dia 19/04  MALDITOS BASTARDOS (2009) Quentin Tarantino, 152'